24.3.16

La violencia global se debe llamar guerra

Hace muchos tiempos que uno viene diciendo —donde puede— que estamos en una guerra mundial, la guerra del siglo XXI que también está afectando principalmente a Europa. Esto además de sonar muy duro no es admitido por los gobiernos por el simple motivo de que nombrar “a la bicha” es contraproducente para defenderse…, según ellos, claro. Es cierto que estos actos terroristas, o los de Turquía, Nigeria, o los EEUU, los realizan cédulas casi independientes, sin un aparente estamento gubernamental que esté dando órdenes, sin un territorio que sustente sus retaguardias, etc. Efectivamente no es una guerra clásica, lo que no evita asumir que es una guerra.

Tampoco es una guerra religiosa, aunque utilice la religión como vehículo para además liar mucho más toda la situación, pues emplea el fanatismo religioso que se adentra en la religión como unas bacterias que viven en sus caldos de cultivo pero alejados de la realidad social de los cuerpos de los que se alimenta. Son fanáticos religiosos, pero también son personas desplazadas de la vida por diversos motivos, alimentadas eso sí por organizaciones supranacionales que alientan por muy diversos motivos sus ataques. Quien piense que dentro de estos grupos terroristas no hay un objetivo planificado de apoderarse o de defenderse, ante la situación estratégica del mundo actual, se equivoca. Todo forma un todo, aunque las conexiones sean complejas de encajar.

No es lo mismo que los (perdón) “soldados terroristas” sean unos fanáticos sin sentido, unos locos antisociales con las ideas absurdas de premios celestiales, a que piensen esto mismo los que están escondidos y detrás (y dentro) de ellos y que estos que son los ideólogos de esta guerra, no dispongan de unos objetivos claros por apoderarse de una parte del mundo para sus intereses. Los locos a los que antes he llamado indirectamente “soldados” pues son unos simples brazos ejecutores de órdenes y que no disponen de una economía de guerra para comprar armas, para desplazarse, para tener una infraestructura movible pues eso cuesta mucho dinero, son meras personas de “usar y tirar” dentro de un organigrama que aspira a otros objetivos mayores que el simple terror de una sociedad, sin olvidarnos de que es esta la principal arma de estos locos fanáticos.

El terrorismo no busca principalmente la muerte o el destrozo de vida humanas, buscan sobre todo el miedo, el terror. Es sencillo, es obvio. Pero la forma de defendernos como sociedad debe ser diferente si de verdad admitimos esto. A los terroristas les importa muy poco —con perdón muy sincero— las 35 personas muertas y las 200 destrozadas. Ellos quieren el miedo de varios millones de personas. Buscan paralizar naciones, ciudades, economías supranacionales, sistemas de vida, formas de convivencia, culturas occidentales, manipular medios de comunicación. Sigue siendo obvio, pero si lo es, hay que aprender a defenderse desde estos condicionantes. El enemigo no es un grupo de 200 terroristas con nombres y apellidos. Si fuera así la solución sería sencilla dentro de la complejidad de todo movimiento terrorista, pero lo grave es que estamos contra otro sistema de ataque, de guerra, de violencia. Cuando hablamos de organizaciones que necesitan economías para funcionar, estamos hablando de algo mucho más complejo, pues no se trata solo de entregar dinero y facilitar objetivos, sino sobre todo de tener estructuras fijas que formen, apoyen, creen, compren y vendan, muevan objetivos y tiempos, planifiquen, organicen. Y en un mundo globalizado, esto debe llamarse guerra para defendernos mejor. Sobre todo para defendernos globalizadamente también. Sobre todo para estar prevenidos ante ataques mucho más graves.

Por desgracia y sin dar pistas, nuestra capacidad de defensa en puntos calientes es menor a la de estos locos por intentar jodernos. Esto es guerra.

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