4.4.14

Proyecto Hombre y mi encuentro con ellos en una visita artística

El otro día me junté con dos profesores que colaboran en Proyecto Hombre dando clases de Arte e Historia a un grupo de adultos en la última fase de recuperación. Trabajo ímprobo, duro y gratificante, costoso y alegre cuando se ve el resultado final. Junto a ellos iban dos chavalas jóvenes de cooperantes o voluntarias, simplemente por si algo se torcía en las visitas programadas. No solo visitaban un Museo Abadía y se dejaban llevar por los comentarios de la guía experta del edificio, sino que uno de los profesores y de forma muy cortés y al final de cada explicación, añadía algunos datos sencillos pero muy "de calle", importantes para mi por su curiosidad y que humanizaban la visita al trasladar datos históricos de la disertación de la guía hacia la realidad del hoy. Sé que algunas de las personas de la visita llevaban encima casi dos décadas de calle, de frío y hambre, de prostitución y drogas, de inhumanidad. Pero aquellas dos horas las vi participativas, sonrientes y alegres en casi todos los casos, abiertas del presente para intentar olvidar el pasado. 

Cuando un trabajo logra levantar una sonrisa a los que tanto han llorado y sufrido, todo lo demás sobra. La alegría de un adulto roto vale casi lo mismo que el mayor de los éxitos sociales. 

Entre los alumnos había dos que deseo señalar con dos pinceladas. 

Un treintañero que había sido costalero durante una década y que tras casarse cayó en el alcohol; destrozó una familia y aun hoy llevaba las señales de una compleja vida. En su educada posición dentro del grupo era el animador elegante de la mañana con sus frases ingeniosas y alegres. 

Una señora elegante bastante cuarentona que había estado tirada en la calle 15 años viviendo en portales de las limosnas y que sorprendía por su negro atuendo solo roto por la terminación de unas botas altas con unos ribetes marrones. Callada y seria, en su andar y forma de llevar el paraguas bien erguido denotaba unas ganas de agradar y ser, un encanto ajado y sin mucho brillo que buscaba un hombro donde caer a llorar. 

Todos somos capaces de ayudar. Pero cuidado. Todos somos capaces también de caer y hundirnos.

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