29.9.11

Los países emergentes cuidan la educación mientras España la ningunea

En el sur de China, en una isla se ha ido construyendo un gran centro de alta calidad en la educación que acoge en su interior hasta 10 universidades en las que estudian 120.000 alumnos. Fue construido todo este gran centro de educación en un año y medio y cuenta con una línea directa de metro con la ciudad cercana de Cantón (Guangzhou). Este gran centro educativo sido dotada con la más avanzada tecnología de la información, con laboratorios de última generación, con espléndidas bibliotecas y con un estadio olímpico para practicar deporte. Además se han creado en su interior 50 centros de investigación dedicados a áreas punteras del management, las tecnologías de la información, la medicina o ingeniería. Este es un ejemplo claro que nos señala de manera visible cómo todos los países emergentes están invirtiendo gran parte de su superávit económico en formar profesionales muy cualificados. Algo que no hicimos desde algunos países de Europa, cuando nuestras economías iban bien.

Si analizamos nuestra formas anteriores, el puesto de trabajo parecía ser una cuestión de calidad o coste. Existían unas instituciones educativas en Occidente que eran las encargadas de proveer de materia gris a las grandes empresas sobre todo en los países occidentales, y existía en el mercado laboral unos países con una baja y mala legislación laboral sobre todo en Asia o Iberoamérica que encontraban su hueco en el mercado gracias a mano de obra masiva y barata. Sin embargo, esa situación está cambiando radicalmente, por una parte los europeos ya no tienen tan seguro un puesto de trabajo y además las economías de países emergentes están creando sistemas educativos de alta calidad para dotar sus mercados de trabajo de grandes especialistas que además pronto invadirán de alguna manera las empresas occidentales. “Estamos asistiendo a un incremento muy rápido de la capacidad de los titulados asiáticos para ocupar puestos de gran responsabilidad empresarial.


En Occidente creíamos que la competencia de Asia iba a durar poco, ya que su crecimiento estaba ligado a los trabajadores baratos, mientras que nosotros íbamos a ganar la partida gracias a nuestras mejores oportunidades educativas. Pero Occidente está perdiendo esta batalla por el trabajo de nuestros hijos. “El primer mundo ya no cuenta con ventajas competitivas. Hoy no es nada probable que un europeo o un estadounidense con una titulación de prestigio vaya a contar con un puesto de trabajo bien retribuido y socialmente reconocido. Las cosas ya no funcionan así”.

Phillip Brown, profesor de Ciencias sociales en la Universidad de Cardiff señala en The Global Auction (La subasta global) que estamos asistiendo a una nueva era taylorista. Ya no se trata de que, como a inicios del siglo XX, una pequeña parte de estructura empresarial fuese la encargada de pensar (los managers) y que el resto de trabajadores se limitase a formar parte de la cadena de montaje; ni tampoco de que, como en tiempos recientes, los occidentales planifiquen y el resto del mundo fabrique; sino de que lo que distingue a nuestra época, es que gran parte de la mano de obra que había sido contratada por su talento está siendo igualmente estandarizada y, por tanto, va a percibir salarios mucho menores. Asistiremos a la democratización del talento, de la excelencia, y quien no aspire a ser el mejor en su trabajo, simplemente no tendrá trabajo. No habrá medianías, simplemente habrá desempleados.

“Ingenieros, abogados y arquitectos occidentales están peleando tanto contra los profesionales de países emergentes, cuyos sueldos son mucho más bajos, como contra formas de organización de la empresa que están priorizando la utilización de software. Si antes pensábamos que para realizar operaciones complejas que exigían capacidad de decisión debíamos contar con profesionales preparados provenientes de las mejores universidades europeas y estadounidenses, ahora no es así ni de lejos. Esa ecuación que equiparaba educación de calidad, buena ocupación y elevados ingresos ya no funciona”.
Ello supondrá también una reestructuración del mercado de trabajo adecuada al nuevo contexto global.

Una gran empresa española no tendrá por qué contar con empleados nacionales y su estructura se adecuará a un modelo de funcionamiento de 24 horas al día que se llevará a cabo en red. “Las grandes compañías de cualquier país tendrán centros en todo el mundo y ubicarán, por ejemplo, uno en Madrid, otro en California y otro en Bangalore que estarán funcionando todo el día y en los que emplearán a gente de todo tipo de países” y con formaciones muy diferentes pero que intentarán complementar unas con las otras. Quien sea capaz en este nuevo mercado educativo, formativo, de excelencia laboral, de engranar con gentes muy diversas para ir sumando experiencias y calidades, logrará triunfar, o mejor dicho, logrará un empleo estable.

Antes, señala Brown, la cúspide de la pirámide burocrática en la empresa debía estar ocupada por aquellas personas que poseían muy buenas credenciales educativas. Grandes notas en una universidad de prestigio suponían el pasaporte a los estratos superiores de las empresas más poderosas, sumar doctorados, máster selectivos, cursos de prestigio, conocimiento de redes, trabajo en equipo, relaciones diversas con otros profesionales. “Hoy, sin embargo, las grandes firmas demandan lo que llaman top performers, personas que hayan demostrado palpablemente su valía en la práctica cotidiana. No quieren buenas notas, quieren personas que hayan demostrado lo que valen.” Además, el ámbito de elección se ha ampliado mucho, porque en el entorno global una compañía no se fija sólo en las más importantes universidades de su país o en las personas más relevantes del sector nacional en el que opera, sino que “pueden seguir a candidatos de cualquier parte del mundo”.

En estas circunstancias, es fácil caer, asegura Brown, en la trampa de la oportunidad, ya que muchas personas en Europa y EEUU gastan cada vez más tiempo, dinero y esfuerzo en conseguir una titulación que probablemente no les lleve a ningún sitio. Según Brown, “una buena credencial académica garantiza que se podrá entrar en la subasta, pero nada más. No va a procurar reconocimiento social, ni un buen sueldo, y seguramente tampoco conduzca hacia un tipo de trabajo satisfactorio. La educación universitaria está cada vez más alejada de lo que se pretende conseguir con ella, además de que sus costes son crecientes, lo que provoca que mucha gente esté endeudándose (especialmente en los países anglosajones) para poder conseguir un título”.
En esas circunstancias, encontrar una solución es complicado, ya que la formación universitaria no garantiza nada pero su ausencia aún menos. Brown sólo recomienda ir a la universidad “si se está convencido de que allí se va a encontrar algo en lo que uno esté interesado o si, para optar al tipo de trabajo que se pretende, resulta imprescindible tener un título, en cuyo caso tendrá que realizar una inversión defensiva sólo para poder participar en la subasta global”.
En todo caso, avisa Brown, hemos de ser conscientes de que estamos pasando momentos críticos para nuestras sociedades —“y no sólo por la crisis”— que nos van a obligar a redefinir por completo el mercado de trabajo. “Tenemos que pensar en quién queremos que haga qué y qué se obtiene a cambio. Debemos regresar a las preguntas que se hacían los economistas tiempo atrás, y dar nuevas contestaciones a interrogantes como qué se entiende por contribución a la sociedad, qué es el éxito o cómo definimos la dignidad. Sea cual sea la respuesta a estas preguntas, no cabe duda de que vamos a tener que compartir mucho más”.

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