9.5.11

La sociedad está aborrecida de la política, pero sin políticos no hay democracia

Mi experiencia repartiendo y organizando mesas electorales es suficiente como para opinar tras comparar, pues ya son bastantes años. He llegado hace un momento de una de ellas y no me gusta las sensaciones percibidas. También es cierto que me lo esperaba.
Casi nunca se han acercado las personas hasta las mesas a interesarse por el programa, excepto si atisban algunos regalos pequeños. En esto no se nota diferencia con otros años. Pero sí ha aumentado el número de personas que directamente te indican que no desean coger el folleto electoral que les entregas. Y también el número de personas que —literalmente— detectas que pasan de tu atrevimiento en molestarles. Y ha bajado notablemente, el ya de por si escaso número de personas que entablaban conversación con algún tema en concreto.
Creo que los políticos están (estamos) haciendo un flaco favor en dignificar su labor. Y todos sin duda somos responsables de lo que se nos puede avecinar, a poco que sigamos por el mismo camino.
Es normal la desafección política, es normal incluso el asco hacia ciertas prácticas de propaganda electoral de fines del siglo XX que ya no sirven. Pero si el ciudadano no toma medidas
para exigir y dignificar la política, caeremos en un caos de complicadas consecuencias. No es meter miedo, os juro que no. Es avisar. No se puede vivir en democracia sin políticos. Luego si no los queremos tener, simplemente no tendremos democracia.
Represento a políticos nuevos y jóvenes (yo no lo soy, claro), a gente que desde dentro de una organización conocida por periodos de gran trabajo y que no tiene a ningún imputado en sus listas o en sus trabajos políticos, que nunca se le ha podido señalar con el dedo de la corrupción y además se ha renovado en un ejercicio ético de cambio cada cierto tiempo para que nadie se asiente en el despacho. Son además personas válidas pues son profesionales con experiencia conocida en su ciudad, desde sindicatos, asociaciones o trabajos parlamentarios anteriores. Pero la sociedad no quiere el cambio.
Esto es complejo de entender, pero es cierto y lo asumimos como inevitable. La sociedad no quiere a los políticos que ya están apoltronados. No le gusta lo que hay. Pero cuando sale algo diferente no quiere cambiar. Los califica de “iguales a todos”.
Desde dentro de la política también se ven manchas; sin duda yo también observo los errores que hacen posible que la sociedad se comporte así. Hay que tener seriedad en el diagnóstico de los motivos reales si queremos encontrar la dosis de medicina. Y lo malo es que el “sistema” premia —todavía no sé bien por qué, del todo al menos— que se perpetúen algunos errores que considero graves.
Los políticos deberían representar a la sociedad. Luego, emanar de ella. 
Y esto no es así. Para mi el gran error es precisamente este. 
En los puestos dirigentes de todos los grupos políticos en España, en los lugares responsables de primero, segundo y tercer nivel solo hay una clase laboral de personas. No es responsabilidad solo de ellos, pero es así. Fuera de la política quedan todos los demás grupos sociales. Y esto mientras no lo resolvamos —y o no sabemos o no queremos—, es imposible integrar a la sociedad en su conjunto con la política.

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